Factores que influyen en la comunicación

La comunicación puede situarse en tres niveles diferentes:

  1. Intrapersonal: cuando una persona se envía un mensaje a sí misma.
  2. Interpersonal: cuando dos personas se envían mensajes entre ellos.
  3. Pública: cuando varias personas se comunican entre sí.  Es la comunicación que se realiza más comúnmente.

¿Cuáles son las barreras que nos encontramos en la comunicación?

Algunos de los factores personales que influyen en la comunicación son:

  1. La Percepción: es la imagen que uno se hace del mundo y del otro es un elemento esencial en la comunicación. La percepción es un gesto personal ya que todos los datos que un individuo posee sobre el mundo deben pasar por sus sentidos.  La percepción siempre es selectiva.
  2. Los valores: están muy relacionados con la autoestima e influyen en gran manera en el proceso de comunicación porque son diferentes para cada uno, a veces se intenta imponer en el interlocutor. Los sistemas de valores difieren entre las personas por varias razones: edad, transición de la infancia a la adolescencia, el mundo del trabajo, los estudios, la situación de pareja, las relaciones parentales, la educación recibida…
  3. Las creencias: pueden influir en la manera de comunicar. Las creencias pueden clasificarse en tres formas:
    a. Racionales: las que están basadas en evidencias conocidas.
    b. Ciegas: las que uno adquiere en ausencia de evidencia.
    c. Irracionales: las que uno conserva a pesar de las evidencia contrarias.
  4. Los aspectos sociales. Cada sociedad y cada cultura suministran a sus miembros su propia explicación sobre las estructuras y sobre el significado que se les da a las cosas.
  5. Los aspectos culturales: la cultura enseña a los individuos como comunicar a través del lenguaje, los gestos, los vestidos, la comida, la forma de utilizar el espacio…
  6. Los aspectos familiares: los miembros de una familia se relacionan de acuerdo con ciertas disposiciones que por lo general no son establecidas en forma explícita, o siquiera reconocida.
    Constituyen la estructura de la familia que es la que mantiene las interacciones y éstas son la causa de queja o del bienestar de los miembros de la familia..
  7. Otros aspectos:  estado anímico, cansancio, preocupaciones, ansiedades, miedos…

Además, también existen fenómenos psicológicos y afectivos que distorsionan la comunicación:

  1. Efecto halo: la idea que nos hacemos la fundamentamos en un rasgo favorable o desfavorable, lo que nos predispone a favor o en contra del emisor.
  2. Prejuicios o ideas preconcebidas: los rasgos físicos o circunstancias que tiene la otra persona, lo identificamos con cualidades positivas o negativas, para extraer elementos de juicio sobre el mensaje que nos da.
  3. Estereotipos: son similares a los prejuicios, si bien se diferencian en que están basados en imágenes mentales, arraigadas en las personas y en el medio en que viven o del que proceden.
  4. Proyección: atribuir los propios sentimientos o características a la otra persona, haciéndola más fiable, creíble, coherente, por el sólo hecho de que creemos que se parece a nosotros, y rechazar a todas aquellas personas que no se nos parezcan.
  5. Expectabilidad: la predisposición a que ocurra aquello que se espera.

Todos estos factores influyen en la comunicación entre las personas; al ser seres que necesitamos comunicarnos constantemente con el mundo que nos rodea, cuando tenemos problemas de comunicación es frecuente que aparezcan alteraciones del estado de ánimo y/o trastornos de ansiedad.

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Depresión, ¿por qué no la aceptamos?

Vivimos en una sociedad en la que se ha impuesto que hay que ser feliz por obligación. No se nos enseña a ello, no se enseña cómo ser emocionalmente inteligente desde los colegios.

Se nos bombardea de mensajes positivos en todos los sitios: en las redes sociales, en la publicidad, en los productos de papelería… Y es verdad que hay que intentar poner de nuestra parte para lograr ser felices y conseguir un bienestar emocional, pero no todo depende de nosotros mismos.

En la consulta me encuentro con muchos pacientes que sufren síntomas de ansiedad, o una depresión desde hace tiempo y reconocen que algo dentro de ellos no va bien, pero se asustan en gran medida solo de pensar que podrían estar sufriendo una depresión.

La depresión es un trastorno del estado de ánimo, transitorio o permanente, caracterizado por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad, además de provocar una incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana. Los trastornos depresivos pueden estar, en mayor o menor grado, acompañados de ansiedad.

La depresión es un conjunto de síntomas que afectan principalmente a la esfera afectiva: como es la tristeza constante, decaimiento, irritabilidad, sensación de malestar, impotencia, frustración, disminución de la funcionalidad de la persona, cansancio, dificultad para disfrutar de las cosas o para desear hacerlas…

La depresión también se expresa mediante alteraciones en las capacidades cognitivas, volitivas o también a nivel somático.

El origen de la depresión es multifactorial. En su aparición influyen factores biológicos, genéticos y psicosociales.

Aún a día de hoy la depresión es concebida como un signo de debilidad mental, de fracaso, derrota o de vagancia, en ocasiones. En consulta es muy frecuente ver cómo personas que han tenido un alto rendimiento social, académico y laboral consultan porque han tenido problemas en algún ámbito vital y con el tiempo acaban presentando sintomatología ansioso-depresiva y no son capaces de gestionarlo porque lo ven como un signo de debilidad.

No aceptar la depresión como una enfermedad lleva a presentar sentimientos de fracaso, que se encadenan con los de pérdida de la valía personal, y todo esto lo que genera es un empeoramiento del estado afectivo, empeorando así la depresión.

La depresión NO es una debilidad, es una enfermedad.

Al igual que el cáncer, la diabetes, la hipertensión arterial, la gripe o la neumonía, la depresión es una enfermedad y como tal precisa de un tratamiento especializado ya sea psicológico y/o psicofarmacológico, y por ello no debemos sentirnos culpables. Las enfermedades se tratan y no se ocultan. A mi personalmente me gusta poner el ejemplo del cáncer o de la fractura de cadera: si se padeciese alguna de estas dos enfermedades, ¿qué sería lo más lógico?

En el caso del cáncer valorar operación y/o radioterapia y/o quimioterapia hacer un alto en algunos aspectos de la vida para centrarse en recuperar la salud. De la misma manera, cuando alguien se fractura la cadera, lo más sensato es operarse para poder volver a caminar con normalidad, y durante un tiempo tiene que guardar reposo.

Pues bien, si por las enfermedades físicas paramos y hacemos tratamiento… ¿por qué tememos tanto hacerlo por las mentales? No es mostrar debilidad, sino al contrario, es mostrar fortaleza al hacer frente a un estado de salud que no nos está beneficiando.

Con esto no quiero decir que haya que coger la baja laboral o abandonar todas las actividades y obligaciones, sino que hay que valorar cada caso. Lo que quiero decir es que no es motivo de sentirnos fracasados ni débiles por padecer una depresión.

Aquí podéis leer el testimonio de una psicóloga que sufrió ansiedad y decidió contarlo a los demás para ayudarles a entender lo que se siente, y también para contribuir a disminuir los mitos o estigmas frente a las enfermedades mentales.

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